“Torrente presidente 2026”: cuando la sátira llega tarde a la realidad

¿Y si la peor película de Torrente fuese también la más reveladora? Entre política convertida en meme, chistes que nadie parece entender y una sala riéndose justo donde menos debería, Torrente presidente 2026 deja una sensación extraña: la de una sátira que ha llegado demasiado tarde a un país que ya vive dentro de la parodia.

CINERESEÑACINE ESPAÑOL

Guanquer

5/6/20266 min read

Hay películas malas. Hay películas olvidables. Y luego están esas películas que pretenden ser un acontecimiento nacional y acaban funcionando únicamente como un recordatorio de que la nostalgia también envejece. Torrente presidente 2026, la nueva entrega de la saga de Santiago Segura, pertenece a esa última categoría: una película que se vende como un regreso histórico y termina sintiéndose como un sketch alargado, agotado y completamente superado por la propia realidad política que intenta parodiar.

Yo no tenía pensado verla. La insistencia colectiva, el fenómeno en taquilla y esa eterna curiosidad morbosa por comprobar “qué ha hecho ahora Torrente” terminaron empujándome al cine. De pequeño, la saga me hacía gracia. Pero no necesariamente por Torrente. Lo que realmente disfrutaba era el desfile imposible de cameos, ese universo absurdo de crossovers nacionales donde podían convivir futbolistas, toreros, presentadores y famosos random en una misma escena. Para un niño o un adolescente, aquello era una locura divertida.

Sin embargo, algo cambia cuando vuelves a esas películas años después. Hace relativamente poco, viendo MasterChef Celebrity con mi pareja, ella le cogió cariño a Jesulín y le comenté que aparecía en Torrente 5. La vimos por curiosidad. Y ahí entendí algo: el tiempo no había tratado mal solo a la saga; también había cambiado mi manera de verla. Lo que antes parecía irreverente ahora simplemente parecía facilón y agotador.

Aun así, decidí darle una oportunidad a esta nueva entrega. Y no me arrepiento de haberla visto… aunque sí siento que perdí el tiempo. Ni siquiera me entretuvo.

Lo único que realmente me gustó de toda la película fue la canción de Taburete. Pegadiza, con ritmo, con ese tono himno-populista irónico que al menos entiende el tipo de producto que acompaña. Paradójicamente, una canción promocional termina teniendo más identidad que la propia película.

El resto es una sucesión de gags previsibles, referencias políticas recicladas y una obsesión constante por intentar ser “la gran sátira española definitiva” sin llegar jamás a construir nada realmente incisivo. Y lo más curioso es cómo gran parte del público al que aparentemente ridiculiza la película ha terminado abrazándola como propia. Porque sí: tengo la sensación clarísima de que Santiago Segura se ríe de ese sector ideológico durante buena parte del metraje. Hay diálogos y escenas donde queda bastante claro que los propios políticos ven a sus votantes como personas manipulables, moldeables y extremadamente fáciles de convencer.

Pero ahí ocurre algo fascinante dentro de la sala. Nadie se reía con esos chistes. O mejor dicho: casi nadie parecía detectarlos. Las carcajadas llegaban únicamente con las bromas más simples, más directas, más básicas. Me recordó muchísimo a los monólogos de David Suárez: los juegos inteligentes pasan desapercibidos y la sala explota con el chiste más sencillo imaginable.

Y eso resume bastante bien la experiencia de Torrente presidente 2026: una película que intenta disfrazarse de sátira afilada, pero que vive cómoda siendo humor de brocha gorda.

También hay un problema estructural mucho más grave: la realidad política actual ya es absurdamente caricaturesca. Vivimos en un contexto donde las ruedas de prensa, Twitter y ciertos debates parlamentarios parecen escritos por guionistas cansados de hacer comedia seria. ¿Qué aporta entonces una película que simplemente replica lo que ya vemos cada día?

El ejemplo perfecto es la escena de Vito Quiles. Le tiran el micrófono. Otra vez. Y ya está. ¿Dónde está el giro? ¿Dónde está el remate? En la vida real ya hemos visto eso varias veces. No hay reinterpretación cómica ni exageración absurda. Solo una repetición de un clip de Twitter llevado al cine. Si al menos lo hubiesen llevado hacia algo surrealista —un gag romántico con Gabriel Rufián, una situación completamente ridícula— podría haber tenido gracia. Pero limitarse a repetir la realidad sin añadir nada nuevo convierte el humor en simple reciclaje.

Lo mismo ocurre con la aparición inspirada en Javier Milei. ¿De verdad era tan imposible contar con el Milei real para un cameo? Entiendo que no puedas traer a Trump, pero Milei parecía perfectamente viable dentro del tono de la película. En su lugar tenemos una imitación bastante floja, basada en repetir tics evidentes de alguien que ya resulta cómico por sí mismo. Y ese es el gran problema: cuando la figura real ya parece una parodia, el imitador tiene que elevar muchísimo el nivel para aportar algo. Aquí no ocurre.

También hay una escena que resume perfectamente el problema de toda la película: el supuesto gran crossover entre el Dandy de Barcelona, Mariano Peña y Jordi Sánchez. Se nota muchísimo que Santiago Segura quería construir una especie de “santa trinidad” del humor popular español, ese momento diseñado para que el espectador piense: “esto es histórico”. Pero vuelve a ocurrir exactamente lo mismo que durante toda la película: llega tarde. Muy tarde. El Dandy de Barcelona repite prácticamente lo mismo que lleva diciendo años en vídeos y redes; un personaje que quizá en 2020 todavía podía generar factor sorpresa, pero que en 2026 ya está completamente quemado. Y lo de Mariano Peña y Jordi Sánchez es todavía peor: claramente intentan jugar con la nostalgia de Aída y La que se avecina trayendo ecos de Mauricio Colmenero y Antonio Recio, pero ni siquiera se esfuerzan en crear la ilusión. El vestuario, el look y la manera de presentarlos hacen que nunca veas a los personajes; ves simplemente a los actores intentando recordarte personajes mejores. Y eso rompe por completo la magia. No hay remate brillante, no hay química especial, no hay esa sensación de crossover legendario que Segura claramente quería provocar. Solo queda una escena que parece escrita por alguien convencido de que la nostalgia, por sí sola, ya es un chiste.

Eso sí, hay dos sorpresas agradables: Willy Bárcenas y el Pequeño Nicolás funcionan bastante mejor de lo esperado. No son actores brillantes, ni muchísimo menos, pero ocupan bastante tiempo en pantalla y nunca resultan incómodos de ver. Dentro del caos general, incluso aportan cierta naturalidad inesperada.

Y curiosamente, el único chiste con el que me reí de verdad fue uno que aparentemente nadie más entendió en mi sala. Al final, cuando Torrente y su partido llegan al poder y nombran a Willy Bárcenas tesorero. Ahí sí. Ese gag me pareció excelente. Seco, rápido y cargado de mala leche. Pero mientras yo me reía solo, la sala permanecía en silencio absoluto. Probablemente porque era de los pocos momentos donde la película realmente confiaba en la inteligencia del espectador.

Al final, Torrente presidente 2026 entra directamente en esa categoría de obras que terminan siendo idolatradas precisamente por el público del que se burlan. Como ocurrió con The Wolf of Wall Street o American Psycho, parte del mensaje satírico queda absorbido por el fandom equivocado.

Y quizá esa sea la mayor derrota de la película.

Santiago Segura parecía querer construir “la gran película definitiva” de la saga, la gran comedia política española contemporánea, el evento cinematográfico capaz de coronar a Torrente como icono eterno. Lo ha conseguido en taquilla, sin duda. Pero no en calidad.

No entra ni de lejos en una hipotética lista de mejores películas españolas. Sí entrará, seguramente, entre las más taquilleras. Y quizá eso sea suficiente para la industria. Pero como experiencia cinematográfica, deja muy poco.

Mi recomendación es clara: no merece la pena gastar dinero en verla en el cine. Esperad a plataformas, si es que os pica la curiosidad. El resto del país parece pensar lo contrario. Perfecto. Yo solo doy mi opinión. Y esta es la mía.

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